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14 de junio de 2015

Saber esperar a Dios


Meditación: Sembrar y confiar
¡Cuántas veces el desgarro! que suponen la ofrenda y la siembra, tanto que hasta nos puede hacer pensar si será inútil, pasado el tiempo, produce el himno de alabanza y la experiencia de la generosidad de Dios!
Es bueno dejar actuar a Dios en el alma, que el Espíritu, en el silencio y la oscuridad de la noche elabore el fruto. Son horas inciertas, difíciles, porque la mente aventura la posibilidad de desgracia, de esterilidad y de pérdida del esfuerzo.
Se nos pide la confianza. Por nuestra parte, ser tierra profunda que guarde la semilla de la Palabra. Por parte del Espíritu, que fecunde nuestra esperanza, y nos permita el aliento de los frutos. El Consejo del Apóstol es oportuno: “Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe” (2Co 5, 6).

26 de enero de 2015

¿Por qué el dolor para alcanzar la conversión?


Meditación: Del dolor a la conversión

La Providencia tiene muchos caminos por los que provoca el encuentro del hombre con Dios, a veces, a costa de un sufrimiento, un despojo, una muerte; en otros momentos por una luz fascinante, una atracción amorosa, un descubrimiento de la verdad.
Un ejemplo, que hoy no es casual citar, nos lo narra el mismo San Pablo, cuando se refiere al momento en el que descubrió la verdad de Jesucristo, que le produjo un cambio total de vida, y de perseguidor de los cristianos, se hizo el evangelizador de los gentiles por antonomasia. Hoy precisamente es una jornada misionera.
Escuece el corazón cuando se descubre que somos más sensibles para con Dios en los momentos de necesidad, que en los favorables. Quizá por esta psicología, el Señor permite, en ocasiones, que lleguemos a tocar la mayor intemperie, para que se produzca en nosotros la reacción del retorno hacia Él, o la consolidación más profunda de nuestra pertenencia.

5 de octubre de 2014

La viña del Señor

Meditación: La viña del Señor

Es tiempo de vendimia en el hemisferio norte, en las tierras anchas de Castilla y de La Rioja, tiempo de cosechar el fruto del esfuerzo, y de cantar, al tiempo de brindar con el primer mosto.
El otoño es un tiempo cálido, colmado de colores y de frutos, cuando se oye y se baila la jota. En este contexto, parece acertada la elección del texto litúrgico: "Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña" (Is 5, 1).
Sin embargo, si no extrapolamos las palabras de las lecturas que hoy se proclaman, al leer o escuchar la parábola de Jesús sobre la viña y los vendimiadores -"Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje..."-, se siente escozor pensando que también nosotros podríamos tener la actitud de quienes se apoderan de lo que no es suyo y llegan a la mayor violencia, aunque sea interiormente.
¡Qué fácil es creer que es propio lo que nos es dado! ¡Qué fácil es pensar que la cosecha nos pertenece, por haberla trabajado, cuando no tendríamos fuerzas, ni tierra que cultivar, si no se hubiera recibido el don de la salud y de los bienes!
Lo peor, en un proceso espiritual, y hasta de maduración humana, es ser pretenciosos, inconscientes, por perecer dominados por la avaricia y el orgullo, actitudes por las que se llega a robar y a matar.
El salmista nos sugiere la mejor respuesta: "Dios de los Ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa" (Sal 79). No podemos caer en el derrotismo de lo insalvable, en el contexto total de la revelación. Jesús, ante el pecado del hombre, la infidelidad de la viña y de los labradores, se convierte Él mismo en el mejor fruto de la vid, y se brinda como el mejor vino: su sangre derramada para perdón de los pecados.
Impresiona al tejer los textos, contemplar que la viña y el fruto de la vid representan a Cristo, para que Dios reciba el obsequio de una cosecha abundante y agradecida.
Surjan el amor y la fidelidad como respuesta a tanta paciencia del Dueño de la viña. Y con las palabras de San Pablo, que "el Dios de la paz estará con vosotros" (Flp 4, 9).

1 de diciembre de 2013

Tiempo de esperanza.

Tiempo nuevo, tiempo de esperanza. Abre tu corazón al mensaje revelado, a la Palabra dicha desde antiguo por los profetas, y que tuvo su cumplimiento en los tiempos mesiánicos.

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En tiempos de Noé, Dios se reveló como Dios de paz, y dejó su pacto firmado con el arco colgado sobre el cielo, en señal de que no sería un Dios guerrero, sino pacífico. Él se define como quebrantador de guerras. Dios de paz, no de aflicción.
El profeta, de manera poética anticipa el cambio de las lanzas en instrumentos agrícolas, de jardinería. Imagen para decir de una vida en convivencia, sin sobresaltos de evacuación por motivos de la violencia. Augurio del príncipe de la Paz, que será el Mesías a quien celebraremos en la próxima Navidad.
El deseo del salmista para Jerusalén se ha convertido en canto de los peregrinos cuando entran en la ciudad con palmas y ramos de olivo, signos de paz. Y ese deseo es la Paz. Acabamos de cantar por las calles de Jerusalén el salmo 121, como súplica y bendición para las gentes que habitan la ciudad santa. En Tierra Santa, el saludo emblemático es shalom.
La paz es deseo, y es don. La paz es experiencia profunda cuando se convive con el querer divino. "Tanto en paz, tanto en Dios", enseñan los maestros espirituales.
La paz es señal inequívoca para el discernimiento espiritual, si se tienen una conciencia formada. Es difícil gustar la paz del corazón, si se vive al margen o en contra de lo que sabemos que es bueno.
Al inicio de este tiempo de esperanza, la liturgia nos saluda con la expresión más profunda, necesaria y necesitada: "La paz". Jesús dice a los suyos que cuando entren en una casa deseen a los que la habitan la paz, y si son personas pacíficas, permanecerá con ellas el don precioso. Si no, volverá a ellos.
Pidamos, como rezaba el santo de Asís: "Haz mi, Señor, un instrumento de tu paz. Donde haya odio, ponga yo amor. Donde, haya guerra, ponga yo paz". Te deseo, como él diría, "Paz y bien".