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8 de julio de 2015

XIV Domingo del tiempo ordinario




Meditación: La debilidad


(Ez 2, 2-5; Sal 122; 2 Co 12, 7b-10; Mc 6, 1-6)
Nuestra naturaleza aspira a la seguridad, siente que sin ella no puede alcanzar metas importantes. Por lo mismo, rehúye el fracaso, la contingencia y la inseguridad.
Los estrategas de la economía, por ejemplo, se sientan a planear cómo ganar más, o cómo conseguir grandes resultados en sus inversiones, y huyen de cualquier signo de duda.
Y sin embargo, por propia experiencia, es en los momentos de mayor debilidad cuando la persona se abre a un conocimiento propio, de sí misma, que en ninguna otra situación alcanza.

26 de mayo de 2015

Espíritu Santo:



Son muchos los nombres con los que te invoca la Iglesia, y nos cuesta comprender algunos de ellos. Eres el Abogado, el Consejero, el Defensor, el Paráclito, el Huésped del alma, el Amor divino, el Consolador.
Quiero acogerme a tu acción más íntima, a la que obras en el corazón, en el hondón del alma, con tus mociones consoladoras, las que además de conceder alivio en la prueba, indican el camino por el que seguir hacia la meta que tenemos como horizonte, Dios mismo.
Quizá sea por los acontecimientos sociales, que nos golpean constantemente, por las catástrofes naturales, y sobre todo por las que provocamos los humanos, especuladores de la pobreza y de la indigencia de los más débiles, por lo que nos entristecemos.
Quizá sea por los movimientos extremistas, reaccionarios, usurpadores del bien, de la verdad, de la bondad, de la paz, de la convivencia, imponiendo violentamente una forma de pensamiento totalitario, por lo que nos entra el miedo.
Quizá sea por el sufrimiento de tantas familias, de hogares rotos, de niños sin referentes entrañables, motivo de tanta soledad en el corazón humano, por lo que se nos nubla la mirada y perdemos la alegría.

28 de abril de 2015

IV Domingo de Pascua - Jornada mundial por las vocaciones

Meditación: Yo soy el Buen Pastor






Se nos ha concedido conocer a quien ha vencido a la muerte y nos ha rescatado de un futuro incierto. Jesucristo es nuestro Salvador. “No se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Act 4, 12).
Jesús fue a la muerte para rescatarnos del abismo. Su Pasión no fue un accidente, sino la consumación de un proyecto divino. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3, 1). Hemos obtenido esta filiación por gracia, en razón de la entrega total de Jesús. Por Él y en Él nos sabemos y somos hijos de Dios.
Él mismo, para mostrarnos la misión que había recibido de su Padre, personalizará la promesa entrañable de ser el buen Pastor de Israel, conforme al corazón de Dios. El Pastor que cuida de las madres y lleva en brazos a los corderillos. El Pastor que nos lleva a verdes praderas, y repara nuestras fuerzas, según canta el salmista. El Pastor que lleva sobre sus hombros a la oveja herida.
Con la contundencia de quien tiene certeza de su identidad, Jesús se presenta: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas” (Jn 10, 11). Siempre me impresiona la consideración que explica la imagen extraña del pastor que abandona noventa y nueve ovejas por ir en busca de la perdida. No es por irresponsabilidad profesional del pastor que abandona el rebaño, sino para decir que cada uno merece toda la atención de quien se presenta como cuidador y vigía de su camino.
Quizá, en una cultura industrial y urbana, no resuene la imagen del pastor con tanta fuerza como en el mundo rural y en los tiempos de Jesús. Hay quienes afirman que Él tomó como autorretrato esta imagen. Cabe, no obstante, enriquecerla con expresiones entrañables: “Como un padre siente ternura por sus hijos, así tiene el Señor ternura por sus fieles”. Podrá una madre olvidarse del hijo que lleva en sus entrañas, cosa difícil; “pues aunque ella pudiera olvidarse, yo no te olvido”, dice el Señor.
Este tiempo de Pascua nos trae a la memoria la ternura y delicadeza que tuvo Jesús con los suyos, cuando fue presentándose a cada uno en su lenguaje y contexto. A María Magdalena, en el huerto; a los dos de Emaús, en el camino; a Pedro y a sus compañeros pescadores, a la orilla del mar; a los once, en el cenáculo…

 Tenemos una promesa de Dios: que no nos faltarán pastores según su corazón. Jesús es el Buen Pastor, pero llama a muchos para que prolonguen su misión en nuestro mundo. Roguemos al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies, pastores buenos a su pueblo. Y roguemos por quienes sienten la llamada a dar su vida por los demás, para que no se arredren. Además, aquel que pierde su vida por Jesús, y como servicio a los otros, la gana.

22 de marzo de 2015

V Domingo de Cuaresma


Meditación: Concentrar la mirada en Cristo

¿Qué es la Semana "de Pasión"?

No hay tiempo que perder, los acontecimientos se precipitan. La Palabra del Señor nos dice cómo convertir la muerte en vida, los llantos en cantares, la tristeza en gozo. Es la paradoja del Evangelio: "Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna" (Jn 12,24-25).
A esta semana se la llama "de Pasión" por la proximidad de la Semana Santa. Debemos disponernos a celebrar la Pascua, fiesta del nuevo nacimiento, de novedad de vida, de reiniciar con gozo el seguimiento de Cristo, quien nos presenta el paradigma cristiano: "Cristo, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna" (Hbr 7, 9).
Dispongámonos a renovar el pacto sagrado, el de nuestro bautismo, porque "mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva (Jr 31, 31).
La forma que todos tenemos a nuestro alcance es la reconciliación, la súplica del perdón. Si por lo que sea no hemos caminado por senda llana en los días cuaresmales, siempre se nos ofrece la misericordia, y es posible celebrarla, si la pedimos con humildad: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" (Sal 50).

9 de noviembre de 2014

En don de la sabiduría



XXXII Domingo del tiempo ordinario

Estamos llegando al final del Año Litúrgico. Las lecturas de este domingo nos proponen evaluar, de alguna manera, cómo nos preparamos para la venida del Señor, para la que cada ser humano debe estar dispuesto.
La Palabra aconseja equiparse con la sabiduría, que en el evangelio aparece en forma de aceite en la lámpara, y con la reserva suficiente para superar la noche y la posible tardanza del Señor. "Las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas" (Mt 25,4) Las que aciertan a llevarlo son sensatas y entran al banquete de bodas. "Llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas" (Mt 25,10)", que es el objetivo de toda la vida del creyente.
En las diferentes lecturas hay una alusión al tiempo: se hace referencia a la noche, a las vigilias, y al amanecer, símbolo de permanecer en vela, vigilante. Buscar temprano, madrugar, tener aceite dispuesto, son actitudes que se aconsejan para coincidir con quien es la Sabiduría, que es Cristo resucitado.

La hora de la cuarta vigilia, al alba, está consagrada por la resurrección de Cristo. El salmista expresa bellamente el modo de esperar y de buscar: "Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua" (Sal 62).
Si personalizamos las lecturas, es fácil concretarlas en María Magdalena, quien de madrugada va al sepulcro y encuentra al Señor. Ejemplo que nos permite emular a la mujer a quien en la mañana de Pascua se le pregunta: "¿A quién buscas?" Ella responde que a su Señor. Y cuando escucha su nombre, lo reconoce y le abraza los pies. El texto pascual usa un verbo para decir que María Magdalena vio y reconoció a Jesús, el mismo verbo que aparece en el relato de creación, cuando en el Génesis se lee: "Y vio Dios que era bueno". Desde esta concordancia, la sabiduría significa, en frase del papa Francisco, ver las cosas, la historia, los acontecimientos "con los ojos de Dios".
Es bueno, al final del año, permanecer con la luz pascual, que es la lámpara que nos permitirá esperar confiados, y tener la certeza que nos asegura san Pablo: "estaremos siempre con el Señor" (1Tes 4, 17).

31 de agosto de 2014

Déjate seducir por Dios


Nos cuesta entender el lenguaje bíblico que expresa el deseo de Dios de unirse a su pueblo como esposo con esposa. Y si intentamos acoger la declaración divina de amor, al interpretarla desde los parámetros humanos, corremos el riesgo de forzar su sentido.
El profeta Jeremías llega a expresar su experiencia del amor de Dios, de Quien no pudo huir: "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste". Intentó evadirse, hacer ruido, excusarse: "Me dije: no me acordaré de él, no hablaré más en su nombre; pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía".
Cuando Dios toca el corazón se hace irresistible, y se instala el deseo de relación con Él, que se describe como sed, anhelo, búsqueda sin descanso. Así lo expresa el salmista: "Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua".
Si te ha tocado el corazón la certeza del Tú divino, si en verdad se te ha revelado lo que es y desea Dios para ti, comprenderás las imágenes de la sed para describir tu necesidad de celebrar la relación con Aquel que sabes que te ama. Es muy distinto vivir como quien lleva a cabo un proyecto, cumple un propósito, desea alcanzar una meta, de saberse esperado por un rostro que te ama, y al que deseas.
El amor de Dios totaliza las relaciones y deja gustar la afectividad teologal. Santa Teresa dice que ningún amor se deja, sino por un amor mayor. Solo cuando se percibe el amor divino se es capaz de lo que San Pablo recomienda en su carta a los romanos: "Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios".
Pero ¿cómo saber si uno ama a Dios? ¿Cómo avanzar por el camino de la pertenencia a Él? Y la Palabra del Evangelio nos traza el mapa. Jesús manifestó el amor mayor por nosotros ofreciendo su vida. Y Él mismo enseñó a los suyos: "El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?"
A punto de comenzar el mes de septiembre, no tengas como perspectiva reiniciar las tareas como quien debe cumplir un contrato, sino como quien expresa en todo el amor recibido.
Durante estos meses estoy acompañando a muchas personas con el lema teresiano "Amor saca amor". Si te dejas amar y decir por Dios, como el profeta, brotará de ti la irresistible necesidad de devolver amor.